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"Procesión del Viernes Santo en el Coliseo de Roma", Bushell y Laussat,1864

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Descripción y análisis de "Procesión del Viernes Santo en el Coliseo de Roma" (1864) de Francisco Bushell y Laussat Descripción general: La obra "Procesión del Viernes Santo en el Coliseo de Roma" es un óleo sobre lienzo (120 x 88 cm) pintado en 1864 por el artista alicantino Francisco Bushell y Laussat (1836-1901) durante su estancia en Roma, financiada por una beca de la Diputación Provincial de Alicante. Actualmente, la pintura pertenece a la colección del Museo Nacional del Prado, aunque se encuentra en depósito en el Museo de Bellas Artes Gravina (MUBAG) de Alicante. Este cuadro, que obtuvo una tercera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes de 1866, es un exponente del Romanticismo español y refleja la sensibilidad artística de Bushell, influida por su formación académica y su fascinación por los escenarios históricos y religiosos. La escena representa una procesión religiosa de Viernes Santo en el interior del Coliseo romano, un lugar ic...

El collar de la traición (c. 2040 a.C. - Reino Medio)

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Senusret I, faraón del Reino Medio, paseaba por los jardines de su palacio en Itjtawy, el aroma de los lotos flotando en el aire. Una cortesana de ojos oscuros como la noche, con un vestido de lino que dejaba entrever su figura, se acercó con una sonrisa tímida y le ofreció un collar de lapislázuli traído de tierras lejanas. El faraón, complacido, lo colocó en su cuello, pero un pinchazo agudo lo hizo estremecerse. Horas después, su piel ardía con fiebre, y la mujer había desaparecido, llevándose un mapa hacia las minas de oro del desierto oriental. Los médicos lucharon por salvarlo, vertiendo ungüentos y recitando conjuros a Sekhmet. Senusret sobrevivió, pero su furia era un fuego que no se apagaba. Envió a sus mejores hombres tras ella, jurando que su traición la seguiría hasta el reino de Osiris.

La sombra del arquitecto (c. 2630 a.C. - Construcción de la pirámide de Djoser)

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Imhotep, con sus manos manchadas de polvo y sus ojos hundidos por noches sin dormir, trazaba líneas precisas en la arena con un palo de madera. Alrededor, cientos de obreros arrastraban bloques de piedra caliza bajo un sol que parecía fundir el horizonte. La pirámide escalonada de Djoser, una escalera hacia los dioses, crecía día a día. Pero los rumores corrían como serpientes entre las dunas: los planos de Imhotep no eran solo arquitectura, sino un código divino para la inmortalidad. Una noche, un ladrón harapiento, con el rostro cubierto de ceniza, se coló en su tienda. Sus dedos temblorosos rozaron los papiros cuando un viento helado, imposible en el desierto, apagó las lámparas. Al alba, los guardias lo encontraron frente a la pirámide, rígido como una estatua, con los ojos abiertos y vacíos, mirando al vacío. Imhotep no dijo nada, pero desde entonces, nadie osó profanar su obra.