DESARROLLA LOS PRINCIPALES PROBLEMAS DE LA AGRICULTURA Y LAS MEDIDAS IMPULSADAS POR CARLOS III EN ESTE SECTOR
El principal problema de la agricultura española en el Antiguo Régimen radicaba en unos rendimientos muy bajos que, periódicamente, en épocas de inclemencias climáticas y malas cosechas, desembocaban en crisis de subsistencias. Era una agricultura atrasada que utilizaba técnicas y métodos de cultivo aún muy primitivos.
Una de las principales causas de este problema era el régimen de propiedad de la tierra. La mayor parte de las tierras cultivables estaban amortizadas, es decir, sus titulares podían disponer libremente de sus frutos o de las rentas que generasen, pero no podían desprenderse de ellas, venderlas o donarlas. Por tanto, apenas había tierra en el mercado que pudiera ser adquirida por quien tuviera medios e interés para mejorar su cultivo.
Gran parte de las tierras amortizadas estaban en manos de la Iglesia (manos muertas) o de la nobleza (vinculadas a mayorazgos), quienes sólo explotaban directamente una pequeña parte, arrendando el resto a campesinos en pequeñas parcelas; estos últimos no invertían en mejoras para incrementar la productividad, por una parte, porque no tenían medios, debido a los numerosos impuestos y rentas que tenían que pagar (al Rey, a la Iglesia, al señor), y por otra, porque carecían de interés en ello, ya que, al no ser la tierra de su propiedad, las ganancias derivadas de su mejora apenas repercutirían en su beneficio. Además, un porcentaje significativo de tierra amortizada pertenecía a los municipios , como “bienes de propios”, tierras de labor cedidas para su explotación a particulares a cambio del pago de una renta al municipio, o como “bienes comunales”, la mayoría prados o bosques de aprovechamiento común y gratuito por todos los vecinos.
En la segunda mitad del siglo XVIII, el incremento de los rendimientos agrícolas se convirtió en una necesidad imperiosa en un contexto de crecimiento demográfico, pues la población aumentaba y con ella la demanda de productos agrarios. En época de Carlos III se adoptaron una serie de reformas para conseguirlo, la mayor parte tenía como objetivo el ideal ilustrado de formar una clase de pequeños propietarios campesinos, laboriosos, interesados en la mejora de sus tierras, y buenos contribuyentes. Destacaron las siguientes:
El arrendamiento de tierras municipales a campesinos que tuvieran medios para trabajarlas. Fue una medida insuficiente por estar limitada a ciertas zonas de Castilla, y fracasó en sus propósitos por la corrupción de las oligarquías municipales encargadas de aplicarla.
Las colonizaciones de nuevas tierras, planificadas y financiadas por la Corona, entre las que destacaron las de Sierra Morena, promovidas por el intendente Olavide; seis mil colonos centroeuropeos fueron asentados en pueblos de nueva creación en el sur de Sierra Morena (La Carlota, La Carolina, La Luisiana…) para repoblar tierras vacías y acabar con el bandolerismo.
También se puede citar otras medidas como la mejora de los regadíos con la construcción de canales (Canal de Aragón, Canal de Castilla) y pantanos o la reducción de privilegios de la Mesta.
Sin embargo, todas las medidas fueron parciales e insuficientes, propias de un reformismo ilustrado que pretendía adaptar las estructuras del Antiguo Régimen a las nuevas necesidades sin atentar contra los intereses de los estamentos privilegiados.
Nunca se llevó a cabo una reforma profunda de las estructuras agrarias del país que implicaba una desamortización de la tierra, pues el proyecto de Ley Agraria que la proponía, redactado finalmente por Jovellanos bajo el nombre de Informe al expediente de la ley agraria, llegó tarde, en 1794, en el reinado de Carlos IV, cuando el temor a la revolución ya impedía cualquier reforma.
